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miércoles, 26 de septiembre de 2012

La agresividad



El perro problemático no existe; existe el dueño problemático o no. Con esa afirmación tan contundente quiero decir que el perro no es ni bueno ni malo; simplemente llegará a ser el fruto de la educación que le proporcionemos. Se le puede educar correctamente, educarlo mal o simplemente  no educarlo activamente (no hacer nada en concreto para que se comporte, lo cual es sinónimo de educarlo mal); Nuestro trabajo verdadero es hacer entender cuales son las claves del comportamiento del perro para que, adaptándonos a ellas sepamos tratarlo y controlarlo correctamente, llegando ambos (perro y dueños) a disfrutar de una convivencia equilibrada, más feliz y llena de satisfacciones para todos.

Este es Lucas, en ningún momento su actitud es de agresividad real: Esta fotografía ha sido tomada durante unos ejercicios de trabajo combinados con juego

Como una primera introducción a la educación del perro me permito sugerir dos artículos: Son “La obediencia básica” y “educar al perro” (los encontraréis en la sección “artículos” de www.conductcan.com). Sugiero que los leáis (son de lectura ligera) con la esperanza de que os ayuden; en ellos se pueden encontrar respuestas a algunas dudas.  

En ocasiones, si un perro joven tiene un punto agresivo, es porque está tanteando cuáles son las opciones que puede tener el día de mañana de imponer él su voluntad cuando le interese: Lo lícito en todas las sociedades (incluida la canina) es querer subir peldaños en la escala social...  Es posible que en etapas anteriores el animal ya nos haya ido probando, y empiece a pensar que amenazándonos se sale con la suya. Hay que poner freno lo antes posible a esas expectativas que se está creando.
 
Nuevamente, Antonio y ¨Lucas¨ jugando


Muchas veces me he encontrado con propietarios de perros con alto grado de agresividad que me comentan que están llevando a cabo pautas para ir reduciendo las conductas agresivas de sus perros. Sé que se hacen con la mejor de las intenciones, pero que no tienen la  fuerza suficiente para inculcarle un verdadero respeto a su perro: 

- A la hora de comer, hacer esperar al perro hasta que se le da permiso, aunque esté ansioso;

- Hacerle sentarse y permanecer así, inmóvil, ante su alimento (cuidado ahí: quizás se sienta porque quiere, pero si tuviésemos que obligarlo de verdad...


- Comer los dueños antes que el perro: Inútil, puesto que el perro ha de tener su sitio y horarios propios, independientemente de nuestros hábitos.

- Pasar antes que él en sitios estrechos (las puertas, el ascensor, entre obstáculos en general)

Las anteriores son pautas que el perro cumplirá por la fuerza de la rutina; está acostumbrado a desarrollarlas porque son sólo eso, rutinas habituales de cada día. Con ellas no venceremos las fuerzas de su instinto. De momento no muerde, pero está mostrando sus intenciones; si llega el día en que el considere que debe morder lo hará sin pensarlo dos veces.

Para que se entienda cómo piensa un perro lo primero es pensar en valores absolutos: existe el blanco y el negro, pero no el gris; existe sí o no, pero no quizás o depende; existe el cero o el uno, pero no el 0’5 ni 0,3. Con esto quiero decir que si él hace algo bien debemos darle una caricia; por el contrario, si hace algo mal, debemos reprenderle; El castigo es independiente de la gravedad de lo que él haya hecho; Aunque haga algo de poca gravedad hay que actuar como si la falta hubiera sido grave; de esa manera evitará avanzar por ese mal camino.

Para entender lo dicho, hay que fijarse en cómo reacciona cuando a él se le hace algo que no le gusta: muerde (o enseña los dientes avisando de sus intenciones...) con la intención de que desistamos en lo que queremos hacer o bien de que no se nos ocurra repetirlo. Nos toca a nosotros  actuar igual; si se pasa de la raya, hacerle entender que su comportamiento no es el esperado y que no queremos que se repita esa conducta.

Evidentemente, a nadie le gusta reprimir a su animal. Por lo tanto, si tenemos que hacerlo, más vale que se haga una vez y que ésta sea la última. Más vale una vez colorado que ciento amarillo; no se trata de ir obligando al perro todo el día... No se le riñe por lo que ahora ha hecho, si no para que mañana no se le ocurra hacerlo.

Si lo hacemos como se debe, el perro no se volverá agresivo; al contrario, se le bajarán los humos. Y además, la ausencia de rencor en su mente nos obliga a reconocerles enseguida su rectificación, es decir, a jugar y restablecer inmediatamente una relación de amistad pero que desde ahora tiene límites marcados por el respeto mutuo; Por contra, él se volverá agresivo si nosotros no lo dominamos; mientras tenga la esperanza de conseguirlo nunca renunciará a imponer su voluntad de la manera que él sabe, a menos de que le convenzamos de lo contrario. Dicho de otra manera; en una disputa entre dos personas, una debe doblegar al adversario cuanto antes, ya que si de entrada no convence, debe prepararse para la réplica, que sin duda será más intensa...

El resumen es el de siempre: ellos son animales, y nosotros, además, personas. Si queremos que nos entiendan debemos aprender a pensar como ellos y a expresarnos en el lenguaje que ellos entienden; si / no, bien / mal, premio / castigo...


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